
Entraron los tres a hacer la compra. Ella con un niño de unos diez años y el carrito en el que dormitaba otro de dos.
No era la primera vez que entraba aquí. Se notaba en la resolución de su dirección. Sabía dónde estaba todo y cómo dominar a los dos pequeños para que la dejaran hacer la compra tranquila.
Miraba precios, comparaba, negaba caprichos inasumibles y sabía ceder en los escasos. Los pequeños así no percibían la sombra de su precariedad. Una auténtica matriarca.
Formaban una imagen demoledora. Vestida con un jersey un par de tallas mayor que sus huesos, acaso un poco desfasado, pero con una trenza brillantísima y perfecta sobre su hombro que reivindicaba la dignidad de la pobreza. El del medio, el de los diez años, llevaba un abrigo de corte femenino no evidente, pero sí detectable. Iban vestidos con ropa que no era para sus cuerpecitos, llevaban en su apariencia el estigma de la herencia fraternal. Olían a jabón los tres. Como si ella les inculcase inflexible que mientras fuesen limpios nadie olería su pobreza.
Llegaron a caja.
Comida precocinada, congelados, paquetes enormes de cereales y mucha leche... era una compra que decía a gritos: " nadie nos ha dicho nunca lo que necesitamos, así que nos arreglamos con no pasar hambre".
Cuando iba a pagar ella se dio cuenta de que le faltaba un poco de dinero. Sólo un poco. La situación no debía ser detectada por los pequeños. No, no. La situación no debía ser detectada por nadie. Ojeó las bolsas...y prescindió de un pequeño cuaderno de tapas duras. Se reprendió interiormente por no haber calculado bien... pero dejó el cuaderno en caja con una naturalidad que casi... casi hacía invisible la ilusión rota. Ese cuaderno debía de ser muy importante para ella. Pero se fue a casa sin él y censurándose por haberse dejado llevar por su egoísmo al colar ese antojo en el carro de la compra. El mes que viene no volvería a pasar. Además, el pequeño necesitaba calcetines nuevos.
Ella y el niño de los diez años metieron las bolsas en un carro y salieron. Cargaba ella, claro, y esta vez le fue más difícil disimular el esfuerzo que esto le suponía. Ese carro debía de pesar más que su cuerpo. El mediano llevaba el carricoche con el pequeño.
Ellos no fueron nunca conscientes de que era imposible disimular su historia. Creían que pasaban inadvertidos, que muchos niños pasarían por el súper como ellos.
Pero cómo no acusar la imagen... el de los diez años llevaba al de dos y la de los once los llevaba a todos. Cómo no ver, cómo no oler... cómo no sentir la valentía de la inocencia.